Entré a la cocina por una manzana, todavía vestida con la ropa blanca que Lorenzo había aprobado ayer. Mi estómago rugía levemente, pero no era hambre, era ansiedad acumulada, un nudo que no lograba deshacer. Mientras mordía la manzana, mi teléfono comenzó a sonar como un loco. Miré la pantalla: Daniel. Fruncí el ceño, pero me di cuenta de que también tenía trece mensajes nuevos en el grupo del hospital. Suspiré, aparté la manzana por un instante y contesté la llamada.
—¿Daniel? —dije, tratando