El registrador me miró con formalidad mientras tomaba los papeles. La sala estaba silenciosa, la tensión pesaba en el aire. Mis manos temblaban ligeramente al tomar asiento frente a la mesa. Mi corazón latía con fuerza y sentí un nudo en la garganta.
—¿Está usted de acuerdo en contraer matrimonio con el señor Lorenzo Dimonte? —preguntó con voz neutra, firme, sin permitir margen a dudas.
Tragué saliva, y miré a Lorenzo. Él estaba impecable, de pie junto a mí, con el traje negro que le quedaba co