No puede ser...

Llegué a la mesa y me senté con cuidado, intentando mantener la compostura. La cena estaba lista, las velas encendidas, el aroma de la comida llenaba la habitación y la música suave creaba un ambiente casi perfecto. Maritza se sentó a mi lado, sonriendo con esa tranquilidad que siempre parecía tener, como si pudiera absorber todas mis preocupaciones y protegerme de cualquier mal presentimiento.

—Isa, relájate —dijo, pasando un brazo por mi hombro—. Todo va a estar bien. Daniel vendrá y cenaremo
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