Llegamos a la casa y sentí que un aire de normalidad me abrazaba. Camilla, al vernos, soltó una risa y corrió hacia nosotros, y yo no pude evitar agacharme para recibirla entre mis brazos. Su pequeño cuerpo caliente se acopló al mío y, por un instante, sentí que el mundo no tenía importancia fuera de ese abrazo. Daniel sonrió mientras nos miraba, con esa expresión de orgullo y ternura que siempre había logrado hacerme sentir segura, protegida, incluso cuando todo parecía desmoronarse.
—Mira cóm