El trayecto hasta la morgue fue un silencio pesado. Maritza iba a mi lado, intentando sostenerme, pero yo apenas podía respirar. Cada kilómetro que avanzábamos me hacía sentir como si el mundo se desmoronara bajo mis pies. Mi corazón latía con fuerza y mis manos no dejaban de temblar. Sentía un miedo que no podía describir, un pánico que me consumía desde el interior. No podía aceptar lo que me habían dicho por teléfono; Daniel… Daniel muerto… No, esto tenía que ser una horrible broma.
—Isa… —Maritza me tomó del brazo, mirándome con preocupación—. Tranquila, todo va a estar bien…
—No, Maritza… no puede estar bien —dije entre sollozos—. Esto… esto no puede estar pasando. Justo ahora, cuando estábamos a punto de empezar de cero… no puede ser.
Ella me apretó la mano y me susurró con suavidad:
—Respira, Isa… estamos juntas. No voy a dejarte sola.
Llegamos a la entrada de la morgue y un oficial nos recibió con expresión grave. Nos pidió identificaciones y nos explicó brevemente el procedim