El trayecto hasta la morgue fue un silencio pesado. Maritza iba a mi lado, intentando sostenerme, pero yo apenas podía respirar. Cada kilómetro que avanzábamos me hacía sentir como si el mundo se desmoronara bajo mis pies. Mi corazón latía con fuerza y mis manos no dejaban de temblar. Sentía un miedo que no podía describir, un pánico que me consumía desde el interior. No podía aceptar lo que me habían dicho por teléfono; Daniel… Daniel muerto… No, esto tenía que ser una horrible broma.
—Isa… —M