Habían pasado cuatro días desde que Lorenzo se fue.
Cuatro días en los que el silencio se había vuelto parte de la rutina.
La casa estaba demasiado tranquila, el aire olía a distancia y el reloj de la cocina sonaba como un recordatorio cruel de cada hora sin él.
Tenía una guardia larga esa noche, así que me levanté temprano. Mi vida parecía una de esas novelas de hospitales: turnos eternos, operaciones de emergencia, café frío y emociones reprimidas.
Mientras me vestía, el teléfono vibró sobre