Esa noche había sido interminable. Cuando por fin firmé el último reporte del hospital, mis manos temblaban del cansancio. El reloj marcaba casi las nueve de la noche, y la lluvia comenzaba a caer como si el cielo quisiera limpiar todos los pecados de la ciudad. Guardé mis cosas, apagué la luz del consultorio y caminé hasta la salida intentando no pensar en nada… pero su rostro, inevitablemente, seguía ahí.
—Doctora… —la voz de Manuel me detuvo justo al cruzar la puerta principal.
Lo vi apoyado