Los últimos días se habían convertido en una especie de sombra que se metía en la casa, entre las paredes, entre mi pecho y el de Daniel. Yo podía sentirla. Era fría, lenta, venenosa. Una sombra que se formaba cada vez que él llegaba tarde, oliendo a alcohol, con la camisa arrugada y esa mirada perdida que ya no me miraba a mí… sino a un punto invisible detrás de mí.
Yo trataba de convencerme de que era estrés, trabajo, cansancio.
Pero soy mujer.
Soy esposa.
Soy madre.
Y yo sabía.
Yo sabía que algo andaba mal.
Aquella noche, como todas las de esa semana, la casa estaba silenciosa. Mi mamá dormía con Camilla en su cuarto porque Daniel había llegado tan borracho la noche anterior que tuve que evitar que despertara a la niña con sus tropiezos.
Estaba en la cocina, sentada, moviendo el té frío con una cucharilla sin ningún propósito real, solo para mantener mis manos ocupadas y no pensar demasiado. De repente escuché la puerta de entrada abrirse con lentitud, como si incluso la puerta est