Nada dura para siempre

Los últimos días se habían convertido en una especie de sombra que se metía en la casa, entre las paredes, entre mi pecho y el de Daniel. Yo podía sentirla. Era fría, lenta, venenosa. Una sombra que se formaba cada vez que él llegaba tarde, oliendo a alcohol, con la camisa arrugada y esa mirada perdida que ya no me miraba a mí… sino a un punto invisible detrás de mí.

Yo trataba de convencerme de que era estrés, trabajo, cansancio.

Pero soy mujer.

Soy esposa.

Soy madre.

Y yo sabía.

Yo sabía que
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