Cuando llegué a casa sentí que el mundo se me desprendía del pecho. Cerré la puerta con torpeza y apoyé la espalda contra ella porque mis piernas no respondían. Todo lo que había estado conteniendo explotó de golpe. Lloré con tanta fuerza que hasta mis manos temblaban. Me limpié el rostro, pero las lágrimas seguían cayendo sin control. Era como si el dolor hubiera encontrado una grieta dentro de mí y ahora no quisiera salir de otra forma.
Mi mamá apareció casi corriendo desde el pasillo, con Ca