Cuando llegué a casa sentí que el mundo se me desprendía del pecho. Cerré la puerta con torpeza y apoyé la espalda contra ella porque mis piernas no respondían. Todo lo que había estado conteniendo explotó de golpe. Lloré con tanta fuerza que hasta mis manos temblaban. Me limpié el rostro, pero las lágrimas seguían cayendo sin control. Era como si el dolor hubiera encontrado una grieta dentro de mí y ahora no quisiera salir de otra forma.
Mi mamá apareció casi corriendo desde el pasillo, con Camila en brazos. La niña estaba dormida, ajena a todo. Mi mamá me miró, alarmada.
—¿Elena? ¿Qué pasó? ¿Estás bien? —dejó a la bebé en el sofá y se acercó rápidamente.
Negué con la cabeza, sin poder hablar. Los sollozos me cortaban la voz.
—Dios mío… hija, siéntate —me sostuvo por los hombros y me llevó hasta el sofá—. ¿Qué sucedió? ¿Te peleaste con Daniel?
Respiré hondo, intentando recuperar algo de cordura, pero apenas abrí la boca, la voz se me quebró otra vez.
—Mamá… —susurré—. Yo… yo fui a da