No dormí. Otra vez desperté y Daniel no estaba en casa. La cama aún conservaba su olor, pero la almohada fría me decía que tenía horas fuera. Intenté no llorar mientras me levantaba, pero la garganta se me cerraba igual. La casa estaba en silencio, ese silencio que duele, que pesa, que te obliga a pensar lo que no quieres pensar.
Me lavé la cara.
Me miré en el espejo.
—Pareces un fantasma —me dije en voz baja.
Respiré hondo. Hoy no podía derrumbarme. Hoy era el primer día de kinder de mi hija. No podía permitir que mis miedos, ni Zamira, ni la distancia de Daniel, me arruinaran este momento.
Entré al cuarto de la bebé. Mi mamá ya estaba allí, sentada al borde de la cama mientras la cambiaba con paciencia.
—Buenos días, hija —dijo mirándome con ternura—. No dormiste.
—No mucho —admití mientras acariciaba el cabello de mi niña—. ¿Lista para tu primer día, princesa?
La pequeña me miró con esos ojos gigantes y sonrió. Esa sonrisa me sostuvo, me recompuso.
—Vas a llorar —me dijo mamá en vo