No dormí nada.
El amanecer me encontró acurrucada en el sillón, con el cuerpo entumecido y el alma hecha pedazos. Aún podía sentir su respiración mezclada con la mía, su calor pegado a mi piel, como una huella invisible que me recordaba lo que había pasado. La noche había sido una locura, una confusión entre deseo, necesidad y mentiras. Cuando abrí los ojos, el reloj marcaba las diez de la mañana. La luz se colaba por las cortinas, suave pero implacable, revelando el desastre de la habitación: