El silencio del auto era tan pesado que podía escucharse mi respiración entrecortada. Afuera, las luces de la ciudad se deslizaban como sombras líquidas, reflejándose en el cristal mientras el chófer conducía con la mirada fija al frente. Lorenzo, a mi lado, bebía sin medida. Cada trago parecía apagarle la mirada un poco más.
No había dicho una palabra desde que salimos de la mansión. Solo ese silencio denso, acompañado del sonido del vidrio cuando su copa chocaba contra la botella. Yo lo obser