No recuerdo cómo amaneció ese día. No sé si salió el sol, si llovió, si hubo viento, si el cielo decidió romperse conmigo o burlarse de mi dolor. Solo sé que me desperté con los ojos hinchados, la garganta ardiendo, y un silencio tan pesado que me oprimía el pecho.
No sabía cómo se supone que una hija se prepara para enterrar a su mamá. No hay instrucciones para eso. No hay palabras que alivien. No hay manos suficientes que sostengan.
Daniel estaba sentado al borde de la cama, con la cabeza entre las manos. No me miraba, y yo tampoco era capaz de mirarlo a él. Si lo hacía, me derrumbaba.
—Elena… —murmuró.
—No hables —susurré, con una voz que no reconocí como mía.
Me levanté con movimientos torpes. Tenía que ducharme, vestirme, respirar… hacer todas esas cosas que ahora parecían absurdas. ¿De qué servía respirar si ella ya no lo hacía?
Al entrar al baño, me miré en el espejo. Parecía otra persona: pálida, rota, la mirada perdida. Parecía una mujer que había visto la muerte demasiado ce