No recuerdo cómo amaneció ese día. No sé si salió el sol, si llovió, si hubo viento, si el cielo decidió romperse conmigo o burlarse de mi dolor. Solo sé que me desperté con los ojos hinchados, la garganta ardiendo, y un silencio tan pesado que me oprimía el pecho.
No sabía cómo se supone que una hija se prepara para enterrar a su mamá. No hay instrucciones para eso. No hay palabras que alivien. No hay manos suficientes que sostengan.
Daniel estaba sentado al borde de la cama, con la cabeza ent