No recuerdo bien cómo llegué al hospital. Todo era un borrón de colores, luces blancas, sirenas y un dolor tan feroz que no sabía si me quemaba por dentro o si me estaba desangrando. Daniel iba a mi lado, casi cargándome, pero yo apenas lo sentía. Mi cabeza solo repetía una frase que me desgarraba el alma: mi mamá… mi mamá… mi mamá…
Cuando entramos por emergencias, un grupo de enfermeras se acercó de inmediato. Una de ellas puso su mano en mi hombro, pero yo la aparté sin pensarlo.
—No me toque