Llegué a la casa sin sentir mis piernas. Caminé como un fantasma, como si el mundo a mi alrededor fuera solo un ruido lejano, un eco que no podía tocarme. El silencio del lugar me golpeó de frente.
Era un silencio pesado, oscuro… un silencio que sabía a muerte.
Apenas crucé la puerta me solté del brazo de Daniel. Su mano me rozó por última vez, pero yo la aparté con tanta fuerza que casi perdí el equilibrio.
No quise mirarlo.
No quería verlo.
No quería nada de él.
Corrí por el pasillo hacia la habitación de mi mamá, empujando la puerta sin cuidado. El olor de ella me invadió de inmediato y el corazón me estalló en un grito que no pude contener.
—¡No! ¡No, no, no! —chillé mientras abría su clóset con manos temblorosas.
Tomé su ropa… las blusas que ella doblaba con tanto cuidado, las faldas que usaba casi siempre, los vestidos gastados que había traído del viejo apartamento… las abracé todas contra mi pecho como si pudiera traerla de vuelta con eso.
El dolor me atravesó como una lanza.