Llegué a la casa sin sentir mis piernas. Caminé como un fantasma, como si el mundo a mi alrededor fuera solo un ruido lejano, un eco que no podía tocarme. El silencio del lugar me golpeó de frente.
Era un silencio pesado, oscuro… un silencio que sabía a muerte.
Apenas crucé la puerta me solté del brazo de Daniel. Su mano me rozó por última vez, pero yo la aparté con tanta fuerza que casi perdí el equilibrio.
No quise mirarlo.
No quería verlo.
No quería nada de él.
Corrí por el pasillo hacia la