El día del cumpleaños de mi pequeña Camilla amaneció con un cielo tan despejado que parecía pintado. Abrí los ojos antes que todos, como si mi cuerpo hubiese decidido que no podía perderme ni un segundo de aquel día especial. Me levanté en silencio para no despertar a Daniel, que dormía con el brazo extendido en mi dirección, como si incluso dormido quisiera asegurarse de que seguía allí.
Fui hasta la habitación de Camilla. La encontré sentadita en su cuna, con su peluche favorito en la mano, los ojos brillantes y una sonrisa que me hizo sentir que el corazón me estallaba de amor.
—Mamáaaa —balbuceó, levantando los brazos.
La abracé fuerte, respirando su olor dulce de bebé.
—Feliz cumpleaños, mi princesa —susurré, besándole la frente—. Hoy cumples dos años. ¡Dos! ¿Sabes lo que significa eso?
Ella se rió, sin entender nada, pero feliz solo de verme sonreír.
Daniel entró en ese momento, con los cabellos despeinados y sin camisa, apoyado en el marco de la puerta.
—¿Y por qué celebran sin