Nunca imaginé que la felicidad pudiera sentirse como un peso en el pecho. No un peso doloroso, sino uno extraño, dulce, casi incómodo por lo perfecto. Todo estaba encajando demasiado bien, tan bien que me daba miedo. Daniel, mi madre, mi hija, yo… una familia real, una vida nueva, un hogar que nunca pensé merecer. A veces me preguntaba si un solo movimiento equivocado podría derrumbar aquel sueño como un castillo de cartas. Esa mañana, después de instalarnos en nuestra nueva casa en Londres, es