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La normalidad empieza a romperse

Clara no sabía exactamente en qué momento Marcus había dejado de ser solo un cliente. No hubo una línea clara, ni un instante concreto. Simplemente ocurrió. Como cuando te acostumbras a un ruido de fondo y, de repente, si desaparece, lo notas demasiado.

Ese jueves llegó antes de lo habitual. Clara aún estaba terminando de preparar la pista cuando vio el coche negro aparcar junto a la valla de madera. No miró de inmediato. Fingió concentración. Ajustó un casco, comprobó una cincha que ya había revisado dos veces.

—Viene temprano —comentó Dani, otro monitor de la hípica, apoyado en la puerta del almacén—. Ese es el padre de la niña nueva, ¿no?

—Sí —respondió Clara, demasiado rápido—. Marcus.

Dani la miró con media sonrisa.

—Ajá. Se te nota.

—¿El qué? —replicó ella, defensiva.

—Que te cae bien —dijo él, encogiéndose de hombros—. Tranquila, no es delito.

Clara bufó y se giró justo cuando Marcus se acercaba con Mara de la mano. La niña llevaba unas botas nuevas y una coleta mal hecha que claramente no se había peinado sola.

—¡Clara! —saludó Mara, soltándose de la mano de su padre para correr hacia ella.

—Vaya, hoy vienes decidida —dijo Clara, agachándose—. ¿Preparada para montar como una profesional?

—Papá dice que hoy puedo intentar ir sola —anunció la niña con orgullo.

Clara alzó la mirada hacia Marcus, buscando confirmación.

—Eso dice —respondió él—. Pero confío en tu criterio.

Hubo algo en esa frase que le hizo cosquillas por dentro. No era solo confianza profesional. Era el tono. La forma tranquila de decirlo.

—Vale —dijo Clara, poniéndose en pie—. Entonces hoy damos un pasito más.

Durante la clase, Clara estuvo especialmente atenta. Mara progresaba rápido, y eso le gustaba, pero también sentía la presencia de Marcus más de lo habitual. No intervenía, no interrumpía, pero estaba ahí. Observando. Y cada vez que Clara levantaba la vista, se encontraba con sus ojos.

No era incómodo. Pero tampoco indiferente.

—Muy bien, Mara —dijo Clara cuando la niña consiguió mantener el equilibrio sin ayuda—. Eso ha estado genial.

—¿Lo has visto, papá? —preguntó ella, radiante.

—Lo he visto —respondió Marcus—. Y estoy impresionado.

Cuando la clase terminó, Mara se fue directa a beber agua, dejándolos solos unos segundos.

—Se le da bien —comentó Marcus.

—Sí. Tiene intuición —respondió Clara—. Y confianza. Eso no se enseña.

—Supongo que ayuda tener a alguien que crea en ti —dijo él, mirándola directamente.

Clara sintió que esa frase no iba solo por su hija.

—Ayuda —admitió.

Hubo un silencio breve. No incómodo. Denso.

—Oye —dijo Marcus entonces—, sé que no es parte de tu trabajo, pero… ¿te importaría recomendarme algo para que practique fuera de las clases? No quiero presionarla, solo acompañarla.

—Claro —respondió Clara—. Te puedo pasar algunas ideas. Nada técnico. Más bien juegos, para que lo vea como algo divertido.

—Te lo agradecería mucho.

Caminaron juntos hacia la valla mientras Mara hablaba con Laura, contándole algo con entusiasmo exagerado.

—¿Siempre has trabajado aquí? —preguntó Marcus.

—Desde hace unos años —respondió Clara—. Antes estuve en otras hípicas, pero esta… es diferente.

—¿En qué sentido?

Clara se encogió de hombros.

—Es más… hogar. No todo es lujo ni postureo. La gente viene porque le gustan los caballos de verdad.

Marcus asintió lentamente.

—Supongo que por eso Mara conecta tanto contigo.

Clara sonrió, algo incómoda.

—Los niños se dan cuenta de quién va de verdad.

Marcus la miró con atención, como si esa frase tuviera más capas de las que parecía.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿También te das cuenta?

Clara dudó.

—Normalmente, sí.

—Entonces espero estar a la altura.

No fue una frase lanzada al azar. Clara lo supo. Y por primera vez, no desvió la mirada.

—Lo estás —dijo.

Laura apareció justo en ese momento, rompiendo el ambiente.

—Mara dice que hoy quiere volver mañana —anunció—. Así que ya puedes ir preparándote, Clara.

—¿Mañana? —repitió Marcus—. No quiero molestar.

—No molesta —respondió Clara antes de pensarlo—. Podemos organizarlo.

Marcus sonrió, más despacio esta vez.

—Entonces mañana.

Cuando se fueron, Clara se quedó unos segundos quieta, apoyada en la valla.

—Estás en peligro —dijo Laura, cruzándose de brazos.

—¿Por qué?

—Porque ya no estás pensando en él como un cliente.

Clara suspiró.

—No estoy haciendo nada malo.

—No. Pero tampoco estás siendo indiferente.

Clara miró hacia la entrada, donde el coche negro ya desaparecía.

—Eso no es un crimen.

—No —concedió Laura—. Pero suele ser el principio de algo.

Clara no respondió. No porque no quisiera, sino porque, por primera vez en mucho tiempo, no estaba segura de querer frenarlo.

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