Mundo ficciónIniciar sesiónClara llevaba años diciendo que no mezclaba trabajo y emociones. No porque lo tuviera claro, sino porque repetirlo en voz alta la tranquilizaba.
La hípica era su refugio. Caballos, rutinas, horarios. Un lugar donde todo tenía un orden que su vida personal no siempre conseguía mantener. —Llegas tarde. No hizo falta girarse para saber quién era. Álvaro siempre decía las cosas como si fueran una observación casual, nunca un reproche. Estaba apoyado en la barandilla del picadero interior, con esa postura relajada que parecía ensayada frente al espejo. Camiseta oscura, brazos fuertes, sonrisa fácil. —Cinco minutos no es tarde —respondió Clara, dejando el cubo en el suelo. —Para ti no. Álvaro se acercó despacio. Demasiado despacio. Clara notó su presencia antes de sentirla realmente. Era así desde el principio. Con él todo empezaba en el cuerpo. —¿Sigues enfadada? —preguntó. —No estoy enfadada. —Entonces estás distante. Clara se encogió de hombros. —Estoy cansada. Álvaro sonrió como si esa respuesta confirmara algo que ya sabía. —Luego se te pasa. No era una pregunta. Tampoco una promesa. Era casi una costumbre. Se conocían desde hacía más de un año. Coincidían en turnos, compartían bromas, alguna cerveza después del trabajo… y sexo. Bastante sexo. Siempre sin etiquetas. Siempre sin preguntas incómodas. Al menos, por su parte. Clara había aceptado ese acuerdo tácito pensando que lo controlaba. Que no necesitaba más. Que no esperaba nada. Mentía. —Esta noche no puedo —dijo ella, adelantándose a lo inevitable. Álvaro alzó una ceja, divertido. —¿Desde cuándo das explicaciones? —Desde ahora. Él la miró unos segundos más de lo habitual. Luego se encogió de hombros. —Tú te lo pierdes. Y ahí estaba. Esa frase. Tan simple. Tan limpia de emociones. Tan dolorosa sin que él lo supiera… o sin que le importara. ⸻ La llegada de Marcus fue una distracción bienvenida. Clara lo vio entrar por el sendero principal con Mara saltando a su lado. La niña llevaba el casco puesto antes incluso de llegar a la pista. —¡Clara! —saludó con entusiasmo. —Hola, amazona —respondió ella, sonriendo de verdad por primera vez en toda la tarde. Marcus se acercó con paso tranquilo. Ropa sencilla, pero de buena calidad. Siempre impecable sin parecerlo. —Espero que no lleguemos tarde —dijo. —Vais bien. Sus miradas se cruzaron apenas un segundo. Lo justo para que Clara notara ese pequeño nudo en el estómago que empezaba a reconocerle. Durante la clase, todo fue normal. Demasiado normal. Clara explicaba, Mara obedecía, Marcus observaba en silencio. Pero había algo distinto. Una atención más intensa. Como si él no solo mirara lo que hacía, sino cómo lo hacía. —No la ayudes tanto —dijo Marcus en un momento—. Puede sola. Clara lo miró, sorprendida. —Eso intento. —Se nota. No era crítica. Era confianza. Y eso, viniendo de él, la descolocó más de lo que esperaba. Al terminar, Marcus ayudó a Mara a bajar del caballo. Clara observó la escena desde unos metros. No había dramatismo, ni gestos exagerados. Solo cuidado. Presencia. Algo sólido. —Te veo mañana —dijo él antes de irse. —Mañana. Cuando se quedaron solos otra vez, Álvaro reapareció como si hubiera estado esperando. —Ese es el padre nuevo, ¿no? —comentó, con tono ligero. —Sí. —Te mira mucho. Clara tensó la mandíbula. —Es educado. —Claro —respondió él—. Como todos al principio. Había algo en su voz. Un matiz que no supo identificar. ¿Celos? ¿Desinterés? ¿Simple comentario vacío? —No empieces —dijo ella. Álvaro se acercó, apoyando una mano en la barandilla, invadiendo su espacio como tantas veces. —Tranquila. No me molesta. No soy de esos. No soy de esos. No me importas lo suficiente para que me afecte. Clara lo miró a los ojos. Por primera vez no vio refugio ahí. Solo costumbre. —Tengo cosas que hacer —dijo, apartándose. Álvaro no la siguió. No insistió. Nunca lo hacía. Porque nunca tenía que hacerlo. Mientras se alejaba, Clara sintió algo romperse muy despacio por dentro. No era una ruptura evidente. Era más bien una grieta. Una que no hacía ruido… pero que no se podía ignorar. Y mientras caminaba hacia los establos, pensó en Marcus. En cómo la miraba sin tocarla. Y en cómo Álvaro la tocaba sin mirarla. Y por primera vez, esa diferencia le dolió de verdad.






