La tensión que había quedado en la cocina y en los pasillos era palpable, pero Sareth ya estaba acostumbrada. Desde que llegó a ese castillo, podía sentir cómo el aire se espesaba en cada sala a la que entraba. Terminó de comer y decidió entrenar. Aziel le había dado acceso al salón de entrenamientos, aunque también le había dicho que podía usar el patio de armas. Esta vez optó por el patio.
El sol caía de lleno sobre el empedrado, arrancando destellos de los filos de las espadas en práctica. L