Sareth y Aziel atravesaban los pasillos. La oficina de Kael quedaba en el mismo piso que la habitación de ella, así que caminaron juntos en silencio, aunque la tensión en el aire era asfixiante.
Sareth no podía pensar en otra cosa que en Kael besando a Myra; la imagen la perseguía como un eco molesto.
—¿Estás pensando en Kael y Myra? —preguntó Aziel sin rodeos. Era evidente que eso la había afectado; Sareth no había dicho una sola palabra desde que salieron de la biblioteca.
—¿Qué? ¿Por qué es