Elio se sentó en una roca plana a un costado del santuario sombrío. Desde ahí podía ver a Sareth entrenando, pero sin estorbarle. El anciano le dijo que descansara, que no interfiriera. Y Elio, por primera vez en horas, se permitió respirar.
No para relajarse.
Sino porque llevaba tanto rato sosteniendo tensiones que sus pensamientos empezaban a enredarse.
El demonio con el que había hablado antes se le acercó, apoyándose contra una columna de sombra que casi parecía viva.
—Tienes demasiadas co