Elio se sentó en una roca plana a un costado del santuario sombrío. Desde ahí podía ver a Sareth entrenando, pero sin estorbarle. El anciano le dijo que descansara, que no interfiriera. Y Elio, por primera vez en horas, se permitió respirar.
No para relajarse.
Sino porque llevaba tanto rato sosteniendo tensiones que sus pensamientos empezaban a enredarse.
El demonio con el que había hablado antes se le acercó, apoyándose contra una columna de sombra que casi parecía viva.
—Tienes demasiadas cosas en la cabeza —dijo.
—Siempre las tuve —respondió Elio, mirando el suelo.
—Pero ahora pesan más —insistió el demonio—. Los Angeles creen que mientras respiran pueden seguir adelante. Pero hay cosas que necesitan salir antes de consumirlos.
Elio soltó una carcajada corta.
—¿Te refieres a hablar? ¿Con un demonio? ¿Sobre mi vida?
—Si no lo haces conmigo, acabarás gritándolo dentro de ti hasta que duela. Y aquí abajo, el dolor llama a la sombra. No quieres eso.
Elio suspiró.
No por la advertenc