Sareth cayó de rodillas, jadeando. El suelo del plano sombrío vibraba como si respirara con ella. La oscuridad, esa masa viva que antes la desgarraba por dentro, ahora se moldeaba alrededor de sus brazos como si reconociera su pulso.
El anciano demonio se acercó con pasos lentos, apoyado en su bastón de hueso.
—De nuevo —ordenó—. Esta vez, sin contenerte.
Sareth alzó la mirada.
—Si me suelto del todo… puedo romper algo.
—Estás en un plano hecho para eso —gruñó él—. Lo que se rompa aquí, se re