Sareth salió al pasillo. Notó de inmediato las miradas clavándose en su espalda, cuchicheos que se apagaban apenas ella los alcanzaba, como si fueran insectos escondiéndose en la oscuridad. Pero no bajó la cabeza. Caminó con la espalda recta, el mentón alto, ignorándolos a todos. Cada paso hacia su habitación era una declaración silenciosa: no pensaba dejar que nadie la doblegara.
El silencio que quedó en la oficina después de su partida era denso, como humo espeso que costaba respirar.
Aziel l