Cada segundo que transcurría en aquella oficina era como si el aire se hiciera más denso, sofocante, cargado de una electricidad invisible que obligaba a Sareth a contener la respiración. El espacio entre ella y Kael se había reducido peligrosamente. Podía sentir el calor que desprendía su cuerpo, la firmeza de su presencia y esa manera intensa en que la miraba, como si cualquier palabra sobrara.
Las respiraciones de ambos se mezclaban, cortas, agitadas, rozando el borde de lo prohibido. Los la