Traiciones.
El reflejo de la luna entraba sesgado por las cortinas y partía el cuarto en dos: luz azulada de un lado, oscuridad profunda del otro.
Rufián se mantenía debajo del sillón, inmóvil, apenas respirando. El gato nunca se escondía así; ni cuando venían visitas, ni cuando sonaba el timbre. Eso la asustó más que cualquier otra cosa.
El cuchillo que Isela sostenía con ambas manos estaba frío y pesado. Un cuchillo de cocina ridículo frente a la figura que no se movía al otro lado de la sala.
La silueta