Tensiones.
El amanecer llegó sin que nadie lo notara. El almacén donde se habían refugiado olía a humedad y aceite viejo, un olor que impregnaba la ropa y las manos. Afuera, la lluvia había cedido, pero el viento arrastraba ráfagas heladas que hacían crujir las paredes metálicas.
Damian estaba de pie junto a una ventana rota, mirando hacia la carretera que apenas se veía entre los árboles. Su cuerpo entero parecía una cuerda tensa, listo para romperse. Sus dedos tamborileaban sobre el marco de la ventana,