Heridas Abiertas.

Isela sentía el frío pegado a la piel mientras miraba a Damian y Leo. Habían hablado en murmullos durante un buen rato, pero ahora el silencio era tan espeso que casi dolía. Livia, sentada sobre una caja de madera, temblaba con una manta sobre los hombros. Su rostro aún estaba pálido.

—Tenemos que movernos —dijo Damian finalmente, rompiendo el mutismo—. El Consejo no tardará en rastrear los autos. Este lugar no es seguro.

Leo lo miró con los ojos encendidos.

—Siempre igual —escupió—. Siempre da
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