La lluvia había disminuido, pero el cielo seguía gris, cargado de presagios. El grupo se refugió en un almacén abandonado en las afueras de la ciudad, uno de esos lugares que parecía que el tiempo había olvidado. La madera crujía bajo los pies, y las sombras de los estantes vacíos se mezclaban con la luz tenue de los faroles que Damian había encendido.
Isela dejó caer la mochila sobre una caja metálica, su cuerpo temblando no solo por la adrenalina sino también por el frío que se filtraba entre