La Señal del Laboratorio.
La señal no apareció de golpe. No fue una alarma, ni un pulso claro, ni una advertencia limpia como las que el Consejo solía emitir cuando aún creía que el mundo obedecía reglas estables.
Fue, más bien, una irregularidad persistente. Un ruido que no se iba. Un patrón que no terminaba de encajar, pero tampoco desaparecía.
Isela lo sintió antes de verlo.
Había aprendido a reconocer ese tipo de tensiones como se reconoce una presión en el pecho antes del dolor: no era miedo todavía, pero ya no era