La Cena.
El reloj del celular marcaba las 21:43 cuando Isela cerró el portátil. Llevaba más de una hora mirando la pantalla sin leer, incapaz de concentrarse en su ensayo. El café se había enfriado, las palabras se habían vuelto ruido blanco. Cada vez que pensaba en la cena de las diez, el corazón le daba un vuelco.
Había dejado a Rufián dormido en el sofá, con las patas encogidas y el lomo apenas moviéndose con la respiración. Sobre la mesa, la vela encendida hacía rato había consumido la mitad de su c