Instintos Humanos.
El viento cortante de la madrugada arrastraba hojas muertas por el pavimento, pero Damian apenas las escuchaba. El mundo estaba… demasiado silencioso.
Demasiado ordenado, demasiado ajeno.
Ya no estaba bajo tierra, ya no había paredes blancas, ni olor a desinfectante, ni voces filtradas por altavoces. Pero aún sentía las órdenes. Eran murmullos anclados a la base del cráneo, como si la programación se negara a aceptar que él ya no estaba “en servicio”.
Un latido extraño vibró en su sien.
—Isela…