Instintos Humanos.
El viento cortante de la madrugada arrastraba hojas muertas por el pavimento, pero Damian apenas las escuchaba. El mundo estaba… demasiado silencioso.
Demasiado ordenado, demasiado ajeno.
Ya no estaba bajo tierra, ya no había paredes blancas, ni olor a desinfectante, ni voces filtradas por altavoces. Pero aún sentía las órdenes. Eran murmullos anclados a la base del cráneo, como si la programación se negara a aceptar que él ya no estaba “en servicio”.
Un latido extraño vibró en su sien.
—Isela…
El nombre surgió solo, sin permiso. Como siempre.
No sabía si era un recuerdo, un reflejo, o una anomalía más. A veces, cuando trataba de pensar en ella, aparecía un bloqueo. Otras veces, como ahora, la veía con total nitidez: los ojos brillando bajo luz artificial, la voz temblando en un susurro que nunca debió escuchar.
Aquello no era normal en un Centinela. Nada en él lo era ya.
Caminó entre las sombras de los edificios, con pasos medidos, casi perfectos. No sudaba. No respiraba rápido. No t