Heridas.
El asfalto estaba helado bajo sus rodillas. Isela apenas podía respirar; cada inhalación era un golpe de fuego en sus costillas. La daga de Selena seguía clavada en su omóplato derecho, como un recuerdo ardiente. Damian la había arrancado con un gesto rápido y limpio, pero la herida sangraba sin parar.
La lluvia caía oblicua, arrastrando el olor a ozono y metal quemado. En algún punto detrás de ellos, la grieta azul que los había traído de vuelta ya se había cerrado. Leo y Livia no habían cruza