Laboratorio B.
El frío era distinto allí dentro. No era el frío de la lluvia ni de las noches en las calles; era un frío calculado, de laboratorio, hecho para quitarle al cuerpo cualquier sensación de refugio.
Leo lo sentía en cada respiración, como si inhalara cuchillas invisibles. Livia, a su lado, temblaba bajo la manta gris que le habían dado, aunque no servía de mucho. Ambos estaban sentados en una celda de paredes blancas, lisas y sin costuras, iluminada por una luz fluorescente constante que no dejaba