Extorsiones.
Leo siempre odiaba las salas sin ventanas. Le recordaban las noches interminables en el internado del Consejo, cuando era apenas un niño al que habían arrancado de su familia para convertirlo en algo útil. La sala de reuniones no era diferente: paredes grises, sin adornos, la luz blanca cayendo sobre la mesa como una interrogación constante.
Frente a él, el cuaderno abierto sobre un atril metálico. Sus páginas estaban incompletas, algunas arrancadas con furia. En las esquinas quedaban rastros d