El Salto.

La cerradura cedió con un chasquido seco.

El sonido no fue solo metálico: fue definitivo, como un hilo que se rompe después de tensarse demasiado.

Isela sintió que la respiración se le cortaba. Livia, detrás de ella, se tapó la boca para no gritar.

La puerta se abrió apenas, un ángulo mínimo, y la oscuridad del pasillo se filtró dentro del apartamento como humo negro.

Un pie entró primero: un zapato oscuro, sin cordones. Después, una mano enguantada empujó la madera. Y, por último, la silueta d
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