El Guardián.
El laboratorio estaba inmerso en un silencio que no era natural, no era el silencio de la calma, sino el de la observación. El silencio del miedo.
Damian lo sintió desde el momento en que cruzó la puerta del ala médica del Consejo. Las luces blancas proyectaban sombras largas sobre los pasillos estériles, y el aire olía a desinfectante y metal. Cada paso resonaba con un eco hueco, como si el edificio entero estuviera escuchando.
Había pasado por cientos de instalaciones en su vida, pero aquella