El Encuentro.
La lluvia golpeaba el tejado del edificio abandonado como metralla. Isela apoyaba las manos en una mesa oxidada, respirando hondo. Tenía el dispositivo envuelto y dentro de la mochila. A su alrededor, Leo revisaba su arma por quinta vez, Damian cerraba las ventanas con tablones improvisados y Livia trataba de controlar el temblor de sus manos.
—No podemos quedarnos aquí mucho tiempo —murmuró Leo, su voz apenas audible entre el rugido de la tormenta—. Si lograron seguirnos desde el Umbral, estar