El Camino Continúa.
El silencio después del estruendo era lo peor. Ni el rugido del fuego, ni el zumbido de los drones, ni siquiera los gritos que el Consejo dejaba tras su colapso, nada dolía tanto como ese silencio.
Era un vacío espeso, un silencio que apretaba la garganta.
El aire olía a ceniza, metal derretido y miedo. Isela apenas podía respirar. Las paredes del pasadizo temblaban por las explosiones lejanas, pero nadie se movía. Ni ella, ni Damian, ni Livia.
Los tres estaban ahí, en medio de la penumbra, cub