Chispas.
El olor a metal quemado y cables fundidos saturaba el aire, espeso, casi tangible. Cada inhalación era una punzada eléctrica que le recordaba que seguía vivo, aunque no sabía para qué.
El Consejo no existía más. Al menos no de la manera en que él lo había conocido.
Las estructuras que alguna vez simbolizaron control y poder ahora se reducía a ruinas chispeantes, un esqueleto metálico que se derrumbaba sobre sí mismo.
Cada corredor que atravesaba era un eco del caos: puertas partidas, luces parpa