Demasiado cerca del abismo.
Isela cerró los ojos, buscando obligarse a dormir, pero fue inútil. Cada vez que lo intentaba, la imagen de Damian acercándose volvía a ella: su mirada fija, su voz grave, el calor de su respiración rozándole la piel.
Se revolvió entre las sábanas, incómoda, hasta que decidió rendirse. Caminó de puntillas hacia la sala, con la esperanza de que el sueño la alcanzara allí, en silencio.
Damian seguía en el sofá. No dormía. Estaba sentado, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida e