El mundo no celebró su supervivencia. No hubo cantos, ni trompetas, ni el alivio inmediato que suele seguir a una gran revelación. El amanecer posterior al Pulso llegó con una quietud inquietante, como si la realidad estuviera probando sus propios límites, comprobando que seguía entera después de haber sido reconfigurada desde su raíz.
El Valle del Corazón ya no era exactamente el mismo.
La hierba no era más verde, ni el cielo más azul, pero todo parecía… consciente. El viento no soplaba al aza