El amanecer llegó sin colores. No hubo rojos ni dorados, ni el azul sereno que alguna vez había cubierto los cielos del Valle del Corazón. El mundo despertó envuelto en una luz pálida, casi enferma, como si el sol dudara de su derecho a seguir brillando después de todo lo que había sido alterado. La batalla de la noche anterior había dejado cicatrices invisibles: no solo en la tierra, sino en la propia estructura del mundo.
Kael permanecía de pie sobre una formación rocosa quebrada, observando