El Valle del Corazón no había vuelto a ser el mismo. Las cicatrices de las batallas recientes se entrelazaban con la magia de los aliados y con la furia latente de los sellos. La luz del amanecer, teñida de rojo y oro, se filtraba a través de las nubes bajas y la bruma que siempre había cubierto los valles, creando haces de luz que iluminaban cada grieta en la tierra, cada hoja temblando bajo la tensión del viento. Kael permanecía sobre la cresta de la colina, su armadura ennegrecida reflejando