El amanecer del día veinte se presentó con una calma engañosa. El palacio de Lirien estaba impregnado del aroma de incienso y pergaminos recién abiertos, mientras los nobles se acomodaban en sus puestos para la audiencia matutina. Nadie imaginaba que la estabilidad de la corte y el destino de los reinos pendían de un hilo invisible, tejido por secretos y traiciones que solo Ainge y Kael comprendían.
Ainge estaba lista en la sala del consejo, con el brazalete de plata ajustado en su muñeca y los