88. La ultima puerta
La citación llegó temprano, con esa formalidad que intenta parecer neutral. Fuimos con la mitad del país, o con la mitad que estaba despierta, a ver si el país se animaba, por fin, a mirarse al espejo sin apagar la luz del baño. El edificio de Tribunales tenía el mismo olor de siempre: madera vieja, papeles cansados, decisiones que se postergan hasta que duelen menos. Afuera, gente. Adentro, ecos.
Valera entró con traje claro y la cara lavada de quien durmió bien. No besó a nadie. No saludó. No miró a nadie. Caminó como si el piso fuera propio. Yo lo miré a él. No con rabia. Con memoria. Lara estaba a mi lado; me apretó los dedos, firme, como quien ancla un barco antes de la tormenta.
—Hoy no habla —murmuró Vera, leyendo rápido en su teléfono—. Se va a amparar.
—Entonces hablamos nosotros —respondí, y no fue consigna; fue una constatación.
La audiencia fue breve y densa. Abogados que dicen palabras largas para que nadie las recuerde completas. Un juez que escucha con la cabeza y n