89. Lo que desenchufa
Volvimos al puerto seco con el perro y la lluvia, como si el clima también hubiera decidido no dejarnos solos. El asfalto brillaba mal, espejo roto. El alambrado chorreaba agua vieja. Nadie habló durante el trayecto; las palabras estaban todas ocupadas haciendo otra cosa: sosteniendo el cuerpo.
La entrada T-3 nos conoce. Hay lugares que recuerdan, aunque nadie lo admita. Esta vez no hubo rodeos ni coreografías limpias. Golpeé la tapa de la batería con la llave de corazón y sentí la vibración subir por el brazo como una corriente viva. El sistema lloró alerta: un chillido corto, obediente. Bajaron dos guardias; el tercero salió corriendo hacia el pasillo equivocado. Por ahí entró Fran, rápido, bajo, preciso. Yo fui directo al cuarto técnico. No miré atrás. Vera quedó de vigía con el maestro en el auto, radio encendida, motor también. El plan era simple porque lo complejo ya había fallado demasiadas veces.
El cuarto técnico olía a polvo caliente y metal cansado. Los servidores respira