89. Lo que desenchufa
Volvimos al puerto seco con el perro y la lluvia, como si el clima también hubiera decidido no dejarnos solos. El asfalto brillaba mal, espejo roto. El alambrado chorreaba agua vieja. Nadie habló durante el trayecto; las palabras estaban todas ocupadas haciendo otra cosa: sosteniendo el cuerpo.
La entrada T-3 nos conoce. Hay lugares que recuerdan, aunque nadie lo admita. Esta vez no hubo rodeos ni coreografías limpias. Golpeé la tapa de la batería con la llave de corazón y sentí la vibración s