87. Manual de tormentas
Esa noche, tormenta de verdad. No esas lluvias que prometen y se van, sino una de las que se quedan a explicar algo. Rayos que escribían frases torcidas en el cielo, truenos que parecían cadenas rompiéndose con método. El viento empujaba los árboles contra la casa del maestro como si quisiera entrar a escuchar. Él miró por la ventana con una sonrisa de oficio antiguo.
—Me gustan las noches sinceras —dijo—. No se esconden.
Nos quedamos ahí, sin discutirlo. Sopa caliente, pan partido a mano, la radio apoyada en la repisa como un animal viejo que todavía sabe alertar. Afuera, la lluvia golpeaba con insistencia; adentro, el tiempo bajó la velocidad. Nadie tenía apuro. Nadie estaba huyendo.
Lara revolvía una carpeta de mi madre que había quedado sobre la mesa. Papeles subrayados, recortes, una letra que yo reconocía incluso sin verla completa. De pronto, se detuvo.
—Escuchen esto —dijo, y leyó en voz baja, como si la casa durmiera—: “Si se apaga el faro, el mar inventa.”
No dijo quién