81. Respirar duele, pero es vida
La sirena cortó la calle con una precisión que ojalá tuvieran las leyes. Un sonido limpio, urgente, que no pide permiso y no negocia. La sentí antes de verla, atravesándome el pecho como una línea recta. Después vinieron las manos. Manos que sabían qué hacer. Manos que no dudaban. Manos que no preguntaban quién era yo ni a quién había nombrado.
El maestro sostenía una toalla empapada, con una calma aprendida en demasiados frentes. Vera discutía con un oficial que quería “tomar declaración” ahí mismo, como si el cuerpo no tuviera prioridad sobre el papel. Fran… Fran me miraba. No parpadeaba. Como si mirarme bastara para sostenerme adentro del mundo, como si su mirada fuera una sutura.
—¿Me ves? —pregunté, porque el miedo no siempre es a morir; a veces es a desaparecer.
—Te veo —dijo. Y su voz fue cuerda y fue nudo. Fue casa.
Me subieron a la camilla. El cielo giró un poco. La escuela quedó atrás con su olor a tiza y promesa. Mi pequeño lobito se subió encima de mis pies, desobedeci