81. Respirar duele, pero es vida
La sirena cortó la calle con una precisión que ojalá tuvieran las leyes. Un sonido limpio, urgente, que no pide permiso y no negocia. La sentí antes de verla, atravesándome el pecho como una línea recta. Después vinieron las manos. Manos que sabían qué hacer. Manos que no dudaban. Manos que no preguntaban quién era yo ni a quién había nombrado.
El maestro sostenía una toalla empapada, con una calma aprendida en demasiados frentes. Vera discutía con un oficial que quería “tomar declaración” ahí