80. El precio
El golpe vino desde atrás. No fue una bala—no todavía—pero sí una explosión pequeña en la caseta de audio, lo justo para sembrar caos. Un destello, un estruendo seco, y la plaza completa se volcó un paso hacia la derecha, como un barco cuando una ola lo empuja sin aviso. La confusión hizo un remolino de gritos y cuerpos. Entre ese desorden controlado, vi a Damián bajar del banco donde se había montado con la elegancia de un político entrenado. No corrió. No necesitaba correr. Simplemente se desvaneció entre un grupo de trajes, sus sombras bien pagadas haciéndole un corredor.
—¡Quédense juntos! —gritó Vera, aferrada a la cámara como si fuera un escudo.
—¡A la escuela! —ordenó el maestro. Su voz tenía filo de militar viejo, un tono que no admitía discusión.
Corrimos sin mirar atrás. El aire ardía de adrenalina, y la ciudad parecía mirarnos desde las ventanas como un testigo silencioso. Llegamos a la escuela vieja, el mismo refugio de la noche anterior. El aula con olor a tiza nos rec